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Eduardo Facciolo: mártir de la prensa independiente cubana

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Eduardo Facciolo: mártir de la prensa independiente cubana

Septiembre 28, 2021 - 09:06

Un día como hoy, en 1852, moría ejecutado por las autoridades coloniales 'El Olvidado', primer periodista independiente de la Isla.

En Cuba, las conspiraciones entre 1845 y 1855 fueron muchas, entre ellas la de Vuelta Abajo, organizada en Candelaria, Pinar del Río, programada para el 15 de agosto de l852 con el propósito de extenderse a toda la Isla. Para apoyarla, se creó La Voz del Pueblo Cubano, un periódico independiente que buscaba dar voz a los criollos y atraer a los desentendidos.

EI 13 de junio de 1852, Eduardo Facciolo Alba, un joven de 23 años, amante de la libre expresión, rompía el silencio impuesto por las leyes y autoridades coloniales. Lo había escogido Juan Bellido Luna, el patriota que se volvió su compañero en la difícil tarea de redactar y publicar una hoja periódica contra el Gobierno español, quien siempre recordaría a Eduardo como un joven de gran inteligencia, vivacidad, inquietud y mucha valentía, que le había sido recomendado por su seriedad transparente.

Muchas eran las interrogantes: ¿cómo podrían estamparlo y publicarlo? Facciolo era la persona justa, a pesar de su corta edad, para la enorme misión que se le encomendaba. El primer número salió a la luz con 2.000 ejemplares que invadieron las calles para alegría de los criollos que añoraban la libertad y desconcierto de las autoridades. El editorial decía: "Este periódico tiene por objeto representar la opinión libre y franca de los criollos cubanos; propagar el noble sentimiento de la libertad de que debe estar poseído todo el pueblo culto."

Facciolo, nacido el 2 de febrero de 1829, hijo de tipógrafo, tenía la experiencia de haber trabajado desde los nueve años en distintas imprentas. Había aprendido muy rápido todos los quehaceres relacionados con el oficio. Aún niño se había maravillado con las cajitas de letras mayúsculas y minúsculas que en sus combinaciones grababan palabras y de las cuales salían escritos, manifiestos, folletos, periódicos, revistas y libros. Atento, seguía cada movimiento, y de ayudante rápidamente se convirtió en un hábil obrero que dominaba todo el manejo de la imprenta. Resultó la persona adecuada. Eran los tiempos en que la linotipia aun no había sido inventada. Las composiciones tipográficas se realizaban manualmente letra a letra, usando una vara de componer y los cajones de letras. Esto hacía que los periódicos se limitaran a pocas páginas.

Facciolo era consciente de la responsabilidad y riesgo que corría, pero lejos de dudar, en la primera edición declaró: "Nuestra causa es justa, sagrada y noble y esperamos de nuestros hermanos los cubanos prudencia y valor, reserva y desprecio por los delatores." Eduardo advertía a los que con él colaboraban: "Nada tememos; si seremos descubiertos por alguna infame delación, moriremos, pero será después de haber prestado un importante servicio a la santa causa de nuestra querida Cuba." Palabras proféticas de un enamorado de la libertad, que en su mente y corazón tenía vivo desde los 15 años el recuerdo del poeta José Gabriel de la Concepción Valdés, conocido por el seudónimo de "Plácido", fusilado de espaldas con otras diez personas, acusado injustamente y calumniado de ser conspirador, por lo que estuvo encarcelado.

No está comprobado que "Plácido" y Facciolo se conocieran, pero hay un indicio de cercanía: Cirilo Villaverde, autor de la novela Cecilia Valdés, era amigo de Plácido, que además de poeta, también había trabajado en imprentas desde muy temprano. Cirilo conoció a Eduardo Facciolo en la Imprenta Faro Industrial, donde se había relacionado con distintas figuras de las letras. También, como coincidencia, tanto Plácido como Facciolo, mientras se acercaban a la ejecución, recitarían poemas propios.

Durante la preparación del cuarto número, ante la inminencia de verse descubierto, su director, Juan Bellido, huyó hacia Boston, no sin antes aconsejarle a Facciolo continuar los recorridos por las calles cada noche, tal y como habían hecho desde el inicio, desde el pequeño municipio de Regla, donde había nacido y residía, hasta La Habana, con el baúl cubierto de una badana (piel de carnero) negra, con aspecto de sarcófago, dentro del cual se encontraba oculta la imprenta y las mínimas cosas necesarias para burlar la vigilancia. Por los resultados obtenidos, Bellido le recomendó abandonar por completo la idea de establecer la imprenta en un lugar fijo.

Facciolo continuó con la preparación del cuarto número, pero desobeciendo el consejo de Bellido, buscó un sitio seguro para fijar la imprenta. En la calle Obispo 44 alquiló un departamento y continuó su trabajo. Sin embargo, la respuesta de las autoridades ya estaba preparándose. Mientras los criollos se alegraban y daban vivas al periódico, que como un reguero de pólvora inundaba las calles y disturbaba a las autoridades, un tal Emilio Johnson, fingiendo amistad, comenzó a seguirlo.

En los momentos en que Eduardo y algunos de sus colaboradores se alistaban a finalizar el cuarto número, cayeron al piso algunas armas provocando un gran ruido. Luis Cortés, vecino del lugar, reveló el sitio. Fueron sorprendidos por las autoridades españolas con las manos en la masa. Así quedó limitada la La Voz del Pueblo Cubano —que circulaba por toda la Isla e incluso en el exterior, en países como España y Estados Unidos—, a una muy corta vida, del 13 de junio al 23 de agosto de 1852.

Ocupada la imprenta y no obstante ser el más joven, Facciolo asumió toda la responsabilidad. Declaró que se habían tirado cuatro números del periódico y que él era el dueño y responsable. Condenado a muerte, a cambio de su vida le propusieron delatar al resto de los conspiradores y su condena se limitaría a la deportación, a lo que se negó. Prefirió morir con dignidad y amor por Cuba. Algunos de los detenidos fueron destinados al destierro, otros encarcelados, tres condenados a muerte, de los que solo él estaba en manos de las autoridades.

El 14 de septiembre de 1852 Facciolo fue condenado a garrote vil, que consistía en un collar de hierro atravesado por un tornillo que al girarlo rompía el cuello de la víctima hasta provocarle la muerte por coma cerebral.

En la mañana del 28 de septiembre, día de la ejecución, Facciolo se mantuvo sereno, sin lamentos ni arrepentimiento: "No quiero sino esta muerte". Así como Plácido fue al encuentro de su fusilamiento recitando su poema "Plegaria a Dios", Facciolo escribió una epístola a su madre, que en algunos de sus versos decía:

"Madre del corazón, tu puro aliento

No demande favor a los tiranos.

A mí me inspira el noble sentimiento

De morir por mi patria y mis hermanos"

Quedó sin vida, con el cuello y las vértebras destrozados el patriota, héroe, aficionado a la libertad, al estudio y a las bellas letras, por difundir sus ideas, el primer mártir de la prensa independiente cubana. Más conocido como "El olvidado". Ejemplo para todos los periodistas independientes de hoy, a quienes ha dejado una máxima: "Ningún periodista tiene que escoger el silencio o la palabra."

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